De su buena atención también depende nuestra felicidad

Soy de las que piensa que al cuerpo de vez en cuando hay que darle su gustito, ya sea salir con alguien especial, unas copas con los amigos o la degustación de una deliciosa comida, olvidando las calorías, son pequeños detalles que hacen la vida más plena.

Sucede que proporcionar buenos momentos muchas veces están en manos de otras personas, desde restaurantes, centros recreativos, cines o cualquier otro lugar donde decidamos recibir un determinado servicio, de la calidad de su atención también depende nuestra felicidad.

Hace algunos días visité con mis compañeros de trabajo el Complejo Gastronómico El Lago de los Sueños, en la ciudad de Camagüey, tiene un grupo de establecimientos especializados en las diversas modalidades gastronómicas.

Desde alimentos ligeros, pizzerías, comida criolla y marina, hasta un parque, conexión wifi y otros centros que tienen la intención de ofrecer una estancia agradable a todos los que decidan llegar hasta El Lago.

En nuestro caso el voto fue unánime, teníamos que tomar helado, el lugar recomendado era la Cremería, ambientada con la forma de un avión pequeño tal parecía que daríamos un estupendo viaje por las nubes, ese pensamiento se esfumó rápido cuando vimos los precios y entonces nos dimos cuenta de la metáfora, eran ellos los que estaban por cielos.

No obstante, subimos al aeroplano, como les dije, a veces hay que darle un gustito al cuerpo. Aunque fuimos de los primeros en llegar otros fueron atendidos antes que nosotros, entre risas y charlas esperamos pacientes nuestro turno.

Cuanto más se llenaban las mesas, más calor hacía dentro del pequeño centro, preguntamos qué pasaba con el aire acondicionado y la respuesta fue que no sabían por qué no enfriaba.

Así continuó la espera hasta que nos preguntaron qué tomaríamos, habían cinco modalidades y solo un sabor: mantecado. Al rato entregaron el pedido, pero no estaba acompañado de un vaso de agua, como es habitual en otras heladerías, inmediatamente quisimos saber el por qué, la respuesta: no tenían ese servicio.

Para colmo de males, el helado era tan cremoso como el de Coppelia, es decir nada fuera de lo normal. Cuando pagamos, la joven que nos atendió dijo que no tenían cambio, el insulto en nuestros rostros y algunas frases de inconformidad hicieron que nos entregara nuestros vueltos exactos.

Salimos atónitos del avión-cremería, por el aterrizaje forzoso para nuestros bolsillos y el trauma debido a la pésima atención. El intento por darle un gustito al cuerpo se convirtió en frustración, el lado positivo es que la estancia se quedó plasmada en la memoria colectiva, una fuente genial para chistes venideros. (Por Yurisey Hechavarria González/ yurisey.hechavarria@cmhv.icrt.cu) FOTO/Rodolfo BLANCO CUÉ/ogm

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