La Habana, 20 abr.- Que Cuba tenga hoy un nuevo presidente no es solo el resultado de un proceso de elección. Hay mucho de responsabilidad, de simbolismo, en el tránsito de esa generación histórica a otra, que no se curtió entre montañas ni bajó de la sierra con un triunfo peleado; pero que ha crecido como salvaguarda y, sin apartarse del camino, se ha dispuesto a fundar, a transformar, a conquistar… Se trata, parafraseando al poeta, del «renglón de una historia mayor», que habla de continuidad.
Y también hay mucho de desprendimiento en ese acto de ceder, que no implica renunciar; hay mucho de humildad en quien deja a otros la conducción de esa obra grande por la que se ha dado todo, para solo acompañar, desde la más alta vanguardia política y, a su vez, desde el escaño de un diputado.
Y ese acto fue tan trascendente como natural.
Desde la primera jornada de constitución de la Asamblea vimos a Raúl ocupando un puesto en primera fila; ejerciendo su voto, boleta en mano, con naturalidad; enseñando, con su actuar confiado, que ya había llegado aquel momento que siempre vimos desde lejos. Porque el futuro siempre nos parece lejos.
Y cuando fue un hecho la elección de Miguel Díaz-Canel Bermúdez como presidente de Cuba, Raúl subió al estrado, desprovisto de falsos protocolos y posturas solemnes, para recibirlo, para acompañarlo, para abrazarlo, para estampar con ello la confianza, en el hombre, y en el porvenir.
De Díaz-Canel, subrayó Raúl, que «no es un improvisado». Destacó su labor como ingeniero, su trabajo como oficial de las far, líder juvenil, y luego cuadro profesional del Partido en Villa Clara y Holguín. Habló de su quehacer como Ministro de Educación Superior y desde hace cinco años, como Primer Vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros.
De Raúl, resaltó el nuevo presidente, su dimensión de estadista, su liderazgo en la formación del consenso nacional y en el proceso de actualización que vive el país, así como la rica historia que integra al moncadista, al expedicionario, al guerrillero, al jefe militar y al dirigente político.
«No vengo a prometer nada, dijo Díaz-Canel, como jamás lo hizo la Revolución en todos estos años. Vengo a entregar el compromiso», que no es otro que el de continuar «actuando, creando y trabajando sin descanso», en vínculo con la gente humilde y solidaria de esta tierra. En esa empresa no habrá ninguna ausencia, porque «hasta nuestros muertos nos acompañarán».
Y no es que sea fácil todo lo que ha de hacerse. Pero este 19 de abril no hubo rupturas. La continuidad tiene rostros. (Tomado de http://www.granma.cu)